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miércoles, 18 de junio de 2014

Orfeo y Eurídice - Acto III

Cambiamos de acto, pero todo sigue más o menos igual: Orfeo corre que se las pela arrastrando a Eurídice hacia el mundo de los vivos, pero la ninfa, que al principio estaba encantada de ver a su Orfeo, empieza a estar un poco mosca porque el susodicho ni la mira. Y esto Eurídice lo lleva fatal, claro, a ver si tanto número en los infiernos y tanta pose como de espíritu angelical para que ahora el mítico pastor ignore olímpicamente, nunca mejor dicho, sus encantos y se limite a correr como un enloquecido sin dedicarle un triste piropo al peinado tan ideal que se ha hecho para el reencuentro, con bien de rizos y guedejas colgantes. Al principio ella se pone un poco en plan bobo, pone morritos y hace una caidita de ojos, pensando que con eso conquistará de nuevo la pasión pastoril del gallardo mozo, bendita inocencia la suya. Además, la ninfa no quiere admitir que ya está echando de menos ciertos deleitosos juegos en los que entretenía el tiempo en los Campos Elíseos, que solía compartir con un grupito de recias espíritus benditas que le habían abierto la mente y otras secciones de su anatomía a goces hasta entonces desconocidos para ella. Total, que llega un momento en que se deja de caídas de ojos y de pamplinas y recurre a la universal puesta en jarras y a cantarle a Orfeo las cuarenta, diciéndole que a ver qué pasa, que para estas carreras no deja una un paraíso así por las buenas, y que si ya no siente nada por ella (pobre) es mejor que se sienten y los dos expresen sus sentimientos de manera franca y abierta. 

Orfeo y Eurídice - Acto II

Orfeo emprende el camino hacia los infiernos, y tras pasar dos horas en el control de pasaportes, porque el Hades no es territorio Schengen, lo primero que se encuentra es el coro de las Furias. Las Furias son un antiguo grupo de girl scouts con un gran entusiasmo por la vida natural. Pero el primer día que iban a salir al bosque su recia monitora se intoxica con una almeja en mal estado y no puede acompañarlas, por lo que las manda solas al bosque a explorar. Y las chicas se lo toman al pie de la letra y se van al bosque y empiezan a explorarse con un entusiasmo encomiable. Exploraciones biunívocas, recíprocas, conmutativas y asociativas de todo tipo, que resultaron enormemente placenteras, hasta el punto de las inocentes y angelicales mozuelas se transforman en desvergonzadas bestias en busca del placer más depravado. Una panda de locas de muchísimo cuidado, vamos, y además, por pendones, con una maldición encima: están condenadas a vagar por toda la eternidad por los infiernos intentando vender sus galletitas, pero nadie se las compra nunca porque no están hechas con ingredientes orgánicos y las cajas son de materiales no sostenibles ni reciclables. De manera que cuando se encuentran a Orfeo y le ofrecen las dichosas galletitas, el pastor, que lleva sin comer carbohidratos desde el mesolítico anterior, les dice que dónde van con esas galletitas, que están más pasadas de moda que las columnas jónicas, y les sugiere un cambio de orientación en el negocio cambiando galletitas por cupcakes de variados y exóticos sabores. Las Furias, que hay que recordar que están locas y malditas, se lo toman fatal, y amenazan con convertir a Orfeo en el nuevo ingrediente sorpresa de sus dulces, así que el mozo ya sabe lo que le toca: cancioncita de acentos tristes hasta que las extraviadas chiquillas caen al suelo primero con convulsiones para luego entrar en un estado de relajación alfa, permitiendo así a nuestro héroe continuar su viaje. 

Orfeo y Eurídice - Acto I

Ésta es una de esas óperas que debería empezar con un personaje cantando un aria de quince minutos contando todos los antecedentes, porque lo cierto es que al abrirse el telón ya ha ocurrido la mitad de la historia. Para resumirlo todo un poco, Orfeo es un pastor ideal de la muerte que no ha visto una oveja en su vida y que es más aficionado al postureo que al pastoreo. Constantemente monta fiestas con sus amiguitos pastores, con mucho revoloteo de capitas y mucho leotardo ajustado, y en todas ellas deleita a propios y extraños con las maravillosas canciones que canta acompañándose de la pastoril lira. Hasta los animales del bosque se quedan embobados escuchándole. Vamos, que aburre hasta a las ovejas, y eso que no hay ninguna por los alrededores.