Ésta es una de esas óperas que debería empezar con un personaje cantando un aria de quince minutos contando todos los antecedentes, porque lo cierto es que al abrirse el telón ya ha ocurrido la mitad de la historia. Para resumirlo todo un poco, Orfeo es un pastor ideal de la muerte que no ha visto una oveja en su vida y que es más aficionado al postureo que al pastoreo. Constantemente monta fiestas con sus amiguitos pastores, con mucho revoloteo de capitas y mucho leotardo ajustado, y en todas ellas deleita a propios y extraños con las maravillosas canciones que canta acompañándose de la pastoril lira. Hasta los animales del bosque se quedan embobados escuchándole. Vamos, que aburre hasta a las ovejas, y eso que no hay ninguna por los alrededores.
A Orfeo, que es hijo de Apolo, se le aparece un día su progenitor, en modo cabreo máximo, y le dice que está harto de que en el Olimpo se le choteen de los modelitos de su nene, y que más le vale sentar la cabeza y buscarse una ninfita si no quiere que le ponga la lira por corona. Y Orfeo piensa inmediatamente en Eurídice, que es una ninfa mariliendre que está todo el día rondando a la alegre pandilla de amiguitos pastores, con la esperanza de pillar algo de cacho, pobre infeliz. El caso es que llega el día de la boda, y todos lo celebran muchísimo, y en un momento dado, Orfeo, en plan despedida de soltero, le dice a Eurídice que se vaya a buscar unas florecillas para tejer guirnaldas para su cabello. Recientes investigaciones sobre algunos manuscritos pre-hesiódicos apuntan a que todo es un fallo de traducción, y que Orfeo, en realidad, lo que hace es mandar a Eurídice a hacer gárgaras y no guirnaldas, pero en realidad la historia no se vería alterada sustancialmente. La desventurada ninfa pisa una serpiente, que procede de inmediato a morderle e inocularle su letal veneno, con lo que se queda más muerta que la carrera de Paz Vega. Y es aquí donde de verdad comienza el acto, por lo que no me digan que no vendría bien un flashback de al menos tres cuartos de hora. Esto lo pilla Donizetti y hace un operón completo con escena de la locura incluida, a menos que contemos como tal el desfile de modelazos de Orfeo y sus alegres pastores.
En fin, el acto comienza por fin con Orfeo tristísimo y desconsolado, no porque tuviera el más mínimo anhelo carnal con la pobre Eurídice, nada más lejos, sino porque la muchacha le venía bien los días que volvía de marcha a las tres de la tarde del día siguiente porque le hacía un sopicaldo y le sujetaba la cabeza mientras echaba hasta la última ambrosía y suspiraba por sus imaginarias ovejitas luceras. Una verdadera contrariedad, vamos. Pero el apuesto pastor no está dispuesto a que su falta de sentimientos por la finada le arruinen un buen funeral, así que, tras un consejo general de estilistas bucólicos y una cuidadosa selección de vestuario, se pasa el acto diciendo lo tristísimo que está, lo desesperado que está, y llamando a su Eurídice del alma con acentos tan lastimeros, que para su sorpresa y horror, los dioses se compadecen y le envían a Amor (la divinidad, no la concursante de Gran Hermano) para decirle que le permiten ir al reino subterráneo a buscar a la ninfa. Y para colmo, con condiciones: puede ir a buscarla pero no puede mirarla hasta que hayan regresado a la tierra de los vivos. La cosa más fácil del mundo, vamos. Ya ves tú, piensa Orfeo, los dioses no tendrán nada mejor que hacer que atender a mis acentos lastimeros y encima ahora me toca bajar al infierno a buscar a la mema ésta. Claro que esto no lo dice, pero es un subtexto tan claro que a veces lo ponen hasta en los subtítulos.