Cambiamos de acto, pero todo sigue más o menos igual: Orfeo corre que se las pela arrastrando a Eurídice hacia el mundo de los vivos, pero la ninfa, que al principio estaba encantada de ver a su Orfeo, empieza a estar un poco mosca porque el susodicho ni la mira. Y esto Eurídice lo lleva fatal, claro, a ver si tanto número en los infiernos y tanta pose como de espíritu angelical para que ahora el mítico pastor ignore olímpicamente, nunca mejor dicho, sus encantos y se limite a correr como un enloquecido sin dedicarle un triste piropo al peinado tan ideal que se ha hecho para el reencuentro, con bien de rizos y guedejas colgantes. Al principio ella se pone un poco en plan bobo, pone morritos y hace una caidita de ojos, pensando que con eso conquistará de nuevo la pasión pastoril del gallardo mozo, bendita inocencia la suya. Además, la ninfa no quiere admitir que ya está echando de menos ciertos deleitosos juegos en los que entretenía el tiempo en los Campos Elíseos, que solía compartir con un grupito de recias espíritus benditas que le habían abierto la mente y otras secciones de su anatomía a goces hasta entonces desconocidos para ella. Total, que llega un momento en que se deja de caídas de ojos y de pamplinas y recurre a la universal puesta en jarras y a cantarle a Orfeo las cuarenta, diciéndole que a ver qué pasa, que para estas carreras no deja una un paraíso así por las buenas, y que si ya no siente nada por ella (pobre) es mejor que se sienten y los dos expresen sus sentimientos de manera franca y abierta.
Orfeo, cuyos labios están sellados por el juramento que hizo y por el exceso de protector labial que se ha aplicado sin que nadie sepa para qué, porque en el infierno no hay sol, sigue intentando que Eurídice le siga hasta el mundo exterior, donde al fin podrá explicarle todo lo que está sucediendo. Y ella que no, y él que sí, se pasan medio acto, hasta que por fin Orfeo no resiste más el parloteo de la otra, y en el momento en que se vuelve a ella para recomendarle una buena fritura de espárragos a la griega, con zatziki y queso feta incluido, la maldición se cumple, y la pobre Eurídice se desvanece ante sus ojos para volver al mundo de los muertos, de donde no volverá a salir. En ese momento Orfeo y el público están encantados porque por fin el pastor puede cantar un aria como dios manda, el Che farò senza Euridice?, que es básicamente por lo que tanto uno como otros han ido al teatro esa noche. El pastor, además, tiene un nuevo motivo de alegría, que es el haberse librado por fin de la pesada de Eurídice, que ya le tiene hasta el peplum con tanta payasada sáfica. Orfeo, que no quiere dejar pasar el momentazo dramático que está viviendo, hace como que se quiere suicidar, pero en lo que está pensando es en pedir cita con la pedicura, que tanto trasegar por paisajes rocosos le tiene los talones súper agrietados.
Y de repente, aparece nada menos que el Amor, que ha sido nominado al premio al personaje de ópera que menos pinta en su argumento y está haciendo campaña a ver si se hace con la estatuilla, y le suelta a Orfeo que ha decidido que su amor es tan fuerte que merece una recompensa. Y pensar que no se explicaba cómo no estaba nominado al premio al personaje de ópera con mejor ojo clínico. Total, que Eurídice vuelve a despedirse de sus amiguitas y se junta de nuevo con Orfeo, terminando la ópera con unos cantos felicísimos en los que todos disimulan sus ganas de hacerle tragar a Amor su arco, sus flechas y sus alitas hechas a la barbacoa. De hecho, hay un cuarto acto que nunca se representa, en el que Orfeo acude a la oficina del consumidor y decide demandar al libretista por haber cambiado la historia, afirmando que el prefiere mil veces la original, con Eurídice más muerta que carracuca, y él de fiesta permanente con las bacantes, que le parecen unas chicas modernas y originales en comparación con la rancia ninfa con la que ahora le toca cargar por toda la eternidad.