Estamos en el exterior del palacio de Amberes, en el que se está desarrollando un fiestón de tomo y lomo para celebrar el feliz desenlace del acto primero, y claro, los únicos que no asisten al evento son Ortrud y Telramund, porque después del mal rollo del combate, pues no les apetecía irse de marcha con los demás, así que se han ido por su cuenta y ahora vuelven de un after de lo más tirado al que fueron pensando que había un show de orgía lésbica de alto standing y luego resultó que era un bar de osos de baja estofa, con lo que se vieron obligados a consumir todo tipo de drogas de diseño para superar el disgusto, pero resultó que el que les pasó las pastis era un chungo de mucho cuidado y les sentaron fatal, así que están hechos polvo porque encima ven que los demás están aún de juerga y, claro, les da un bajón horroroso.
Y con el bajón llegan los reproches que Telramund lleva toda la noche callándose, porque, agárrense, resulta que fue la dulcísima Ortrud la que le dijo al otro que había visto a Elsa cometiendo el infame crimen que Telramund se apresuró a denunciar y que es la causa de todas sus desdichas. El rencor y la resaca le sueltan la lengua y empieza a echarle en cara que por su culpa, por su culpa, por su gran culpa se ve así, deshonrado, desheredado, despreciado y encima despeinado porque no le dio tiempo a coger ni el neceser con lo más imprescindible para no estar más feo que una cabra por detrás.
Y con el bajón llegan los reproches que Telramund lleva toda la noche callándose, porque, agárrense, resulta que fue la dulcísima Ortrud la que le dijo al otro que había visto a Elsa cometiendo el infame crimen que Telramund se apresuró a denunciar y que es la causa de todas sus desdichas. El rencor y la resaca le sueltan la lengua y empieza a echarle en cara que por su culpa, por su culpa, por su gran culpa se ve así, deshonrado, desheredado, despreciado y encima despeinado porque no le dio tiempo a coger ni el neceser con lo más imprescindible para no estar más feo que una cabra por detrás.
Ortrud, que sabe perfectamente que su marido es completamente idiota, pasa bastante de sus mentecateces y le deja soltar por esa boquita hasta que se desahoga, y entonces empieza ella con lo suyo. Y es que Ortrud, que es una chica despierta, tiene un plan. Y todos sabemos cómo son las mezzos cuando tienen un plan, máquinas de matar barítonos. Así que en cuanto su amado esposo deja de decir estupideces, Ortrud le dice que menos lobos, que si él hubiera ganado el combate no se verían en el arroyo, y que si no ganó es porque es un débil y un flojo, y que mucha terapia de pareja pero que ella ni se acuerda de la última vez que él se portó como un hombre, y que una mezzo como ella tiene sus necesidades, y que al paso que va la cosa, como no se lo monte con el cisne lo tiene claro. Con la alusión al cisne Ortrud vuelve a centrarse un poquito en el argumento de la ópera, y lo hace embaucando de nuevo al pobre Telramund, que tiene la inteligencia media de una zapatilla de esparto. Cuando el infeliz le dice que cómo le iba a ganar en el combate si al otro le ayudaba el mismísimo Dios, Ortrud le cuenta que si el caballero de radiante armadura y equívoca actitud ante las aves anseriformes de la familia Anatidae le ganó el combate en realidad no es porque tuviese ayuda divina, sino porque es un hechicero, y la prueba está en la historia ésa de no decir su nombre ni de dónde viene, que dónde se ha visto que un caballero como dios manda venga con esas tontadas y no con el Documento Medieval de Identidad entre los dientes. Y además, como sorpresa final, le revela que si el caballero desvela todos sus secretos estará vencido y tendrá que poner pies en polvorosa.
Telramund, como ya sabemos, no es que sea muy despierto, pero no puede menos que quedarse estupefacto cuando Ortrud acusa al caballero de ser un hechicero, cuando todos sabemos que ella misma es una hechicera y ahí está tan fresca. La dulce hija de la estirpe de Radbod lanza una carcajada de hora y cuarto y viene a decirle que no le compare a dios con un gitano, que sí, que ella es hechicera, pero hechicera pagana. Al oír esto, Telramund se apresura a pedir una caña y una de bravas, pensando que su mujercita correrá con los gastos. La pobre Ortrud tiene que hacer verdaderos esfuerzos para no correrlo a guantazos por todo el proscenio, pero consigue contenerse, y mediante dibujos, marionetas y un powerpoint con bonitas y originales transiciones, hacer comprender al merluzo de su marido que pagana, en su caso, quiere decir que es fiel seguidora de los dioses paganos, Wotan, Freia, etc. Entonces va Telramund, para aclararse, y le pregunta que si es como rollo Señor de los Anillos, y ahí sí que Ortrud no puede más y procede a darle bofetones al otro hasta que se le olvida por qué se los está dando.
Con semejante escándalo aparece en el balcón del palacio nada menos que Elsa, que sigue vestida de blanco como si en cualquier momento fuera a hacer la primera comunión, y pregunta que qué es ese alboroto, que no son horas, que hay gente que intenta dormir, lo típico. Ortrud se apresura a enviar a su marido a que le compre cuarto y mitad de ansiolíticos, mas que nada para deshacerse de él y poder actuar libremente. Y lo que hace es aprovecharse vilmente de la indecible bondad de la pura y virginal Elsa engañándola como a una infeliz de la vida. En plan víctima, le dice que ella, que era una orgullosa descendiente de la estirpe de Radbod, está ahora humilladísima y arrastradísima por todos los fangos de Brabante. Elsa le comenta confidencialmente que si dejase de invocar todo el santo día el nombre de su linaje igual le caía mejor a los demás personajes, que hacen equívocos chistes sobre ella diciendo que está siempre con el Radbod en la boca. Pero Ortrud ha cogido carrerilla y sigue mareando con lo mismo, con lo que yo he sido, fíjate ahora cómo me veo, que si el otro día fui al mercado medieval y la gente me tiraba de todo, y claro, así no hay quien viva, y tal y cual Pascual. Y cuando la otra, conmovida y compadecida como solo se puede conmover y compadecer una soprano vestida de blanco, se muestra magnánima y generosa y dispuesta a perdonarla, ella aún se humilla más, echándose a sus pies y declarándose la más humilde de sus siervas. Elsa la abraza tiernamente, y Ortrud aprovecha ya para empezar a meter cizaña, diciendo que no sabe cómo se puede casar con un hombre sin saber cómo se llama ni de dónde viene, pero Elsa le dice que se calle la boquita si no quiere que la vuelva a mandar al fango de una patada de sus blancos y medievales zapatos.
A la mañana siguiente, el coro está de nuevo congregado en el escenario, como si no hubiera más cosas que hacer en una capital como Amberes que estar todo el santo día en el escenario esperando a que los personajes principales monten sus numeritos, pero en fin, son el coro y les toca aguantarse. Aparece el Heraldo, que es como el pregonero, pero sin cornetín, y anuncia que de orden del señor rey, Telramund está proscritísimo, que el caballero de la radiante armadura no quiere ser duque sino protector, ya ves qué capricho más tonto, y que hoy se va a casar con Elsa pero que mañana se los lleva a todos a la guerra. No lo dice todo de una sentada, claro, el coro lanza vítores y se regocija de todo sin parar, se alegran lo mismo de la boda que de la guerra, menuda panda de memos, se deben pensar que están en una de Donizetti. En fin, luego entran cuatro nobles con pinta de conspiradores, y claro, conspiran. Eran hombres de Telramund y echan de menos a su señorito, vamos, que aún son más memos que los demás. Y hablando de memos, aparece de incógnito total el propio Telramund, que les dice a sus cuatro seguidores que pronto triunfarán de nuevo, o que pronto llegará su hora, o alguna otra parida semejante que no le importa a nadie, y se quedan los cinco conspirando como locos.
Aparece Elsa, que se ha levantado con cuerpo de ir a rezar a la iglesia, y como es una chica sencilla, pues en vez de cruzar ella sola del palacio al templo, que está justo enfrente, lo tiene que hacer con una gran procesión de damas ataviadas con lujosísimos trajes. Y además, con los lujosísimos trajes de ir a la iglesia, porque las pobres damas tienen que tener un lujosísimo traje para ir a la iglesia, otro para ir al Consejo, otro para ir de paseo, y otro para ir a exonerar el vientre, porque Elsa es incapaz de prescindir de su procesión de damas ni para sus actividades más privadas. Privadas de cualquier interés, queremos decir. Las damas ya tienen hablado entre ellas que si Elsa tuviera un novio normal en vez de uno misterioso, que además de no decir su nombre se pierde en cuanto tiene un momento por los corrales lanzando melancólicas miradas a los patos y a las ocas, igual no tenía necesidad de montar procesiones hasta para ir a cambiarse de bragas una vez al mes. Bueno, pues resulta que en la mencionada procesión va también Ortrud, correspondientemente ataviada con su traje lujosísimo y tal, y cuando Elsa va a entrar en la iglesia, la muy gorrina se le planta delante y se le pone en jarras. Todo el mundo espera que empiece a cantar la jota de la Dolores, y el coro vive momentos de tensión porque no se la han ensayado, pero lo que hace Ortrud es montar un numerito diciéndole a Elsa que a ver de qué va a tener que ir ella detrás de ella cuando ella es de un linaje muy superior al de ella. Nadie se entera de nada, como es lógico, pero lo que viene a decir Ortrud es que el linaje de su esposo, el bobo de Telramund (esto no lo dice, claro), es bien conocido, mientras que el del caballero de la radiante armadura nadie lo conoce, y que si Elsa misma no se lo pregunta es porque debe temerse la respuesta.
Salen ahora del palacio el rey, el caballero, y una solemne procesión de nobles de todo pelaje, que van nadie sabe a qué ni a dónde, pero, por si acaso, van todos en procesión, porque algo tienen que hacer en la Edad Media para entretenerse, los pobres. Y se encuentran con el jaleo, la Ortrud como una hidra, Elsa hecha un mar de lágrimas, y cuando el caballero está consolándola, aparece, por si había poca gente en el escenario, Telramund, que acusa directamente al caballero de brujería, hechicería y hasta de bulería si le apuran, y le reta a que diga su nombre y su procedencia. Pero el caballero pasa de él y le dice que es lo peor, que está deshonrado y que no le venga con rollos, que no ha venido él de lejísimos para aguantar tonterías. La única que tiene derecho hacerle las tres preguntas es Elsa, que para eso va a ser su mujercita, y el resto, a escardar cebollinos. Todos los nobles están encantados y le vitorean hasta la extenuación, mientras Elsa se arroja en sus brazos jurándole que confía en él más que en el poder desengrasante de Fairy y que jamás le preguntará nada de nada. Pero a la legua notamos todos que el veneno traidor que la detestable pareja ha inoculado en su frágil, tierno y virginal corazón ha empezado a hacer su efecto, y que la duda empieza a corroerla como solo puede ser corroída una soprano perpetuamente vestida de blanco. Todos se dirigen a la iglesia entre cánticos mientras cae el telón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deja tu comentario