Si un día cualquiera alguien les dice que les va a contar una historia que comienza cuando los Brabanzones se reúnen para recibir al rey Ricardo el Pajarero, que está todo sobresaltado porque vienen los húngaros, lo más probable es que echen a correr y no paren hasta llegar a la armería más próxima, donde infringirán varias leyes para adquirir armas automáticas con las que masacrar sin piedad a quien les haya intentado meter semejante chapa. Bueno, pues créanlo o no, nuestra historia comienza justo así, pero claro, esto es una ópera y ya sabemos que en una ópera pueden pasar las cosas más estrambóticas sin que nadie mueva una pestaña.
En fin, que los Brabanzones, es decir, el coro, están esperando al rey, que viene a revolucionarlos para que le ayuden a luchar contra los malvados húngaros, pero si ya viene atacado de los nervios por el problema magiar, aún se pone peor cuando se encuentra a los dichosos Brabanzones sin un príncipe como dios manda, ya que el príncipe Godofredo de Brabante ha desaparecido misteriosamente, así que le pide a Telramund, que es como un ejemplo de caballero virtuoso además de tutor del desaparecido y de su hermana Elsa, que le explique el singular caso.
En fin, que los Brabanzones, es decir, el coro, están esperando al rey, que viene a revolucionarlos para que le ayuden a luchar contra los malvados húngaros, pero si ya viene atacado de los nervios por el problema magiar, aún se pone peor cuando se encuentra a los dichosos Brabanzones sin un príncipe como dios manda, ya que el príncipe Godofredo de Brabante ha desaparecido misteriosamente, así que le pide a Telramund, que es como un ejemplo de caballero virtuoso además de tutor del desaparecido y de su hermana Elsa, que le explique el singular caso.
Y el tutor nos cuenta un caso digno de El Caso, pero hay que volver a recordar que esto es una ópera, etc. Lo que cuenta el caballero es que desde que se le confiara la tutoría de los dos hermanitos se desvivió por ellos en plan hada buena de película de Disney especialmente sentimentaloide, anteponiendo el bien de los chiquillos, y especialmente del heredero, a su propio bienestar, no cayéndosele los anillos por tener que coser durante horas para una explotadora empresa de galaico origen o fregar escaleras de palacios verdaderamente empinados con tal de ganar algo de dinero con que llegar por lo menos hasta fin de mes, quitándose el pan de su boca para dárselo a los chiquillos, que lo rechazaban, muertos de asco. Cuando por fin se da cuenta de que está exagerando un poquito la nota, se ciñe a la desaparición del heredero, y dice que salieron los dos hermanitos un día a pasear por el bosque, y que Elsa volvió sola, sin que fuera capaz de dar una explicación lógica (imagínense, una explicación lógica en una ópera) de lo sucedido. Su única excusa es que se despistó un momento y cuando quiso darse cuenta, su hermano ya no estaba.
En vano fueron todas las búsquedas, y Telramund, en plan sagaz detective, al ver la palidez de Elsa, inmediatamente se dio cuenta de que la nena era culpable de asesinar a su hermano, así por las buenas, y que él, pues como que lo había notado. Al instante había aprovechado para repudiar a la chiquilla, a renunciar a su derecho a su mano y a casarse con otra muchachita que le gustaba más porque era más sencilla e inocente. En cuanto explica semejante fantasía morisca para canto y piano ya empezamos todos a sospechar que igual Telramund no es el personaje más bueno de la historia de la ópera, pero cuando por fin presenta a su esposa y dice que es Ortrud, de la estirpe de Radbod, pues ya me contarán. Todas las sospechas quedan confirmadas, pues si la historia de Telramund es un puro delirio, lo del nombre y la estirpe de la otra ya es de película de serie B. Imagínense la escena: "¿Tú cómo te llamas, guapa?" "Ortrud de Radbod, para servir a Satán y a usted". Lo peor, vamos. Además, al acusar a Elsa, Telramund lo que hace es reclamar su derecho a gobernar esas tierras, con lo que sus intenciones aún quedan más claras, porque por si fuera poco, la acusa de tener un amante secreto, sin duda cómplice de su abyecto plan. El coro, que no para, se horroriza del horror de las horrorosas acusaciones, e incluso tiene un momento equívoco hablando de si desenvainar la espada y no envainársela, pero el rey, que es el pajarero pero sigue siendo el rey, los silencia con un adusto gesto.
El rey manda llamar a la tal Elsa, que aparece vestida de blanco, así que todo el mundo sabe que es la buena. Las damas que la acompañan también van de blanco, lo que confirma definitivamente la bondad de la muchacha. Cuando el rey le pide que se defienda de la grave acusación, la nena se pone mística y empieza a contar que ha soñado con un caballero de refulgente armadura, y que él será su campeón. El coro, que está bastante pesadito, se pregunta si la chica, en alguno de sus bucólicos paseos, no habrá por equivocación ingerido alguna seta un tanto sospechosa. El rey, entonces, le pregunta a Telramund si mantiene su acusación, y el otro se ofende todo porque a ver qué es eso de dudar de su palabra y tener que presentar pruebas, vamos, en qué ópera se ha visto ultraje semejante, y saca su espada dispuesto a demostrar inmediatamente que tiene razón. Así que no queda otra que convocar el juicio de Dios.
Lo del juicio de Dios, como comprenderán, no es que Dios aparezca y se ponga en plan juez de serie americana a dar martillazos sin ton ni son, sino que consiste en que acusado y acusador se enfrenten en una pelea, y el que gane, gana el juicio porque se supone que Dios no permitiría que ganase el que no fuera inocente. Como procedimiento legal deja bastante que desear, la verdad, pero si uno se empeña en vivir en la Edad Media, pues tiene que aguantarse con lo que hay, y si encima la Edad Media está pasada por el filtro operístico, pues olvídate de presunciones de inocencia y de garantías procesales.
En resumidas cuentas, que Telramund, como acusador que es, tiene que enfrentarse en singular y fiero combate con un caballero que designe Elsa, porque no se va a poner ella, que va toda mona con su vestidito blanco, que más parece que espere el juicio de Dior que el de Dios, a empuñar una espada, que es una cosa tan basta y tan poco femenina. Y claro, cuando el rey le pregunta quién es su caballero y ella insiste en esperar a la radiante figura que ha visto en sus sueños, con el que se casará y al que ofrecerá el trono de Brabante en cuanto aparezca, el coro vuelve a comentar las diversas sustancias que ha podido ingerir la chiquilla para estar tan trastornada de la vida. Total, que los heraldos llaman con sus trompetas para convocar al caballero, y el caballero no aparece. Los del coro empiezan a hacer apuestas sobre la clínica de desintoxicación en que acabará Elsa, que pide que se haga otra llamada por si la cobertura no era buena y el caballero no ha recibido el mensaje. Pero nada, el caballero que no aparece, para regocijo general, pues tanto misticismo y tanto rollo minimalista no les cae muy bien a los Brabanzones, que son unos medievales de tomo y lomo. Elsa cae de rodillas y eleva una oración en la que viene a decir que ya está bien de chorradas y que el caballero se presente de una vez, que tiene cita con la modista y no puede perder más el tiempo en juicios absurdos.
Y justo cuando el pueblo de Brabante, es decir, el coro, ya está empezando a dispersarse porque han quedado todos en el discopub local después del juicio, aparece por el río un caballero de radiante armadura subido en una barca tirada por un cisne. Y miren ustedes que se ven cosas raras en las óperas, pero que un cisne tire de una barca es muy fuerte, y claro, los Brabanzones no dan crédito, y comentan que ese cisne no puede ser normal, que seguro que está hormonado, porque a ver desde cuándo un cisne tiene fuerzas para tirar de una barca y menos si en la barca va un caballero con su armadura y todo. Vamos, que están alucinados, y de hecho, a un tenor se le ocurre la gracia de decir que está alucisnado, y no vean el éxito que tuvo el chascarrillo, que cada vez que aparecía el caballero alguien volvía a hacer la gracia, y el caballero llegó a estar hasta la cota de malla del chistecito.
En fin, que el caballero llega a la orilla entre el estupor de toda la concurrencia, y dicho estupor aún va en aumento cuando el caballero lo primero que hace, antes de presentarse como dios manda, es despedirse del cisne como quien se despide de una novia de toda la vida, que es que ya no se puede ser más rarito. Una vez que el cisne se va, el mozo dice que ha venido a defender a una doncella inocente, y como Elsa va vestida de blanco, pues no puede ser otra que ella. Él le pregunta si le acepta como su caballero, y si está dispuesta a casarse con él si gana la pelea. La otra está encantada y dice que sí a todo, claro, y entonces él, por si todo no fuera lo bastante raro, le dice que entonces tiene que jurarle que nunca le preguntará su nombre, su país ni su linaje. Elsa no está para minucias y le dice que sí, que lo que él quiera, pero que se deje de tanta ceremonia y gane el combate para que puedan casarse y gozar de sus cuerpos con la bendición divina.
A continuación viene el combate, pero antes vienen veinte minutos de oraciones, plegarias, súplicas, juramentos, declaraciones públicas, notas de prensa, que si la justicia, que si la verdad, que si la inocencia, que si la pureza, un tostón de mucho cuidado, vamos, hasta que por fin empieza la lucha propiamente dicha. Y el caballero de radiante armadura, como todos esperábamos, se deshace de Telramund con un par de mamporros y sin despeinarse. Pero el caballero, que tiene un talante conciliador muy poco medieval, decide perdonarle la vida a Telramund, con lo que concluye el juicio de Dios y empieza un guirigay tremebundo, con Elsa extasiada cayendo en los brazos de su caballero, todo el mundo maravillado por el sin igual prodigio que acaban de presenciar, y Telramund y Ortrud muertos de rabia porque están derrotados y deshonrados, y en medio de semejante barahúnda cae el telón.
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