A Turandot, de pequeñita, le habían regalado un libro titulado "Cómo ganarte el favor de tu pueblo en diez lecciones. Guía para princesas exóticas", pero lo que nadie sabía era que el libro era una estratagema occidental para hacerse con el comercio de gatos de esos que mueven la patita sin parar, con lo que todos los consejos que ofrecía iban de lo insensato a lo suicida. Bueno, pues justo hoy le ha dado a la criatura por desempolvar el volumen y poner en práctica alguna de las ideas que sugería, y la que más atractiva le parece (no olvidemos lo que le va a la princesita una sangre) es la de ordenar pena de muerte para muchísima gente. Así que, toda ufana, promulga la orden de que muera todo el mundo que sepa el nombre del príncipe y no lo desvele. Su papá el emperador no es que esté muy de acuerdo, pero la nena se pone ordinaria y le dice que se vaya a freír raíces de loto, así que efectivamente se proclama la orden, y los guardias recorren el decorado diciendo que nadie debe dormir en Pekín hasta que se averigüe el nombre. El príncipe aprovecha la ocasión para soltarnos por fin el Nessun dorma, y justo al final del aria es costumbre en todos los teatros cerrar las puertas a cal y canto, para que el público, una vez ha oído por fin lo que quería y a lo que ha venido a la función, no salga de estampida a organizar orgiásticas francachelas. Vamos, que tienen que aguantarse y quedarse sentaditos hasta que se acabe la ópera.
Aparecen de nuevo, para horror de todos, los ministros, Chim Pam Pum o como puñetas se llamen, e intentan convencer al príncipe de que abandone su empresa ofreciéndole mujeres y riquezas sin fin, pero él dice que nanay de la asiática, que él ama profundísimamente a su princesa y que no desistirá hasta conseguir que sea suya. Los guardias encuentran entonces a las únicas personas a las que han visto hablando con el príncipe, que, claro son su anciano y ciego y exiliado padre y la esclava Liú, que es tan buena, tan buena, tan buena, que no la aguantaba ni su padre, que por eso la mandó a servir a la corte como esclava (y encima a la corte tártara, que ya es tener guasa el buen hombre, que era de Dos Hermanas, provincia de Sevilla), porque le atacaba el nervio con tanta bondad y tanta bondad. Y como le tienen tanta tirria, pues no les causa el menor cargo de conciencia torturarla salvajemente para conseguir que suelte el nombre. Llega la princesa, que no se pierde una tortura por nada del mundo, y como la otra no suelta prenda, da rienda suelta a su crueldad más refinada obligando a la infeliz a asistir al ensayo general de I Puritani, que se estrena al día siguiente. Pero ni así, la Liú es esclava y buenísima y todo eso, pero también es burra como ella sola, y no dice el nombre ni a tiros (Mangiami il ciop-suey, Principessa di merda). Y por no dar su brazo a torcer, la tía va y coge un arma de un guardia y se suicida, que ya llevábamos mucho rato sin que se derramase una gota de sangre y eso tampoco podía ser. Así que Liú muere en brazos del príncipe, al que amaba en secreto desde que un día se cruzó con él por el palacio y permitió que limpiara sus botas con la lengua, porque además de ser esclava y buenísima, la muchacha tenía una cierta inclinación por ciertas conductas sexuales alternativas. Y a todo esto, el nombre no se ha revelado, así que los pekineses ya se ven pasando todos por el patíbulo en fila india. O china. O lo que sea.
Pero entonces el príncipe se le pone chulo a la princesita, y le dice que es una borde de muchísimo cuidado, que a ver qué es eso de ir matando a la gente por las buenas, que eso ya no se lleva ni en los reinos más cutres, y que más le vale espabilarse, porque entre la mala leche que gasta y el maquillaje que se pone, se va a quedar para vestir budas en menos que canta un ave del paraíso bajo la luna llena de agosto. Turandot, acostumbrada a hacer lo que le salga de sus asiáticas partes sin que nadie se atreva ni a chistarle, se queda turulata ante semejante explosión, y algo se le empieza a hacer gaseosa en alguna parte de su anatomía, pero como está acostumbrada a no mover un músculo de la cara ni para mear, consigue hacer creer al príncipe que sigue sin sentir nada por él, aunque la bese apasionadamente, cosa que hace, por cierto. Al final, el chico está un poco hasta el gorro puntiagudo de las payasadas de la princesa, y le acaba confesando su nombre por puro aburrimiento.
Y aquí llega la gran sorpresa: cuando le dice su nombre, le dice que se llama Sisebuto. La Turandot se queda muerta en la bañera, porque de toda la vida de dios el príncipe de esta ópera se ha llamado Calaf, y cuando se repone le pregunta que qué tontada es ésa de Sisebuto. Y él le dice que Calaf es su segundo nombre, que se lo pusieron por si salía al extranjero y tal, pero que su nombre ancestral, el que lo pone en comunión con su herencia tártara (y advierte que cualquier chiste con los ingredientes de la salsa homónima será castigado con la muerte), es Sisebuto, y que ha decidido que es el momento de reivindicar toda esa tradición cultural y asumir ante el mundo el nombre real que le define como ser humano. Turandot, que ha pasado la noche en vela con la historia del nombre dichoso, aprovecha el conmovedor discurso para echar una cabezadita. Y para pensar.
Y tiene mucho que pensar, porque está llegando el alba, y es el momento de anunciar al pueblo si ha conseguido averiguar cómo se llama el príncipe, y lo que piensa es que, si después del cirio pascual que ha organizado a costa del nombre, se le ocurre salir al balcón de palacio diciendo que el otro se llama Sisebuto, el pueblo de Pekín es capaz de ponerse orteguiano y organizarle una rebelión de las masas que ríete tú de Mao-Tse-Tung en día de purga. Así que rápidamente considera que, por la experiencia que tiene hasta ahora, los príncipes en general son bastante memos, así que en eso no va a salir ni ganando ni perdiendo si se casa con el tártaro. Y también piensa en que una buena viudedad puede ser jauja, y que el papel de emperatriz viuda le ofrece un amplio abanico de posibilidades, así que decide montar el numerito romántico, gritar como una posesa que el nombre del príncipe es Amor, para aclarar inmediatamente que pese a ello no tiene intención de dedicarse al transformismo sino de convertirse en su esposo, y cae entre sus brazos para alborozo de todos los presentes, que en secreto están maldiciendo a Puccini por morirse antes de tiempo y no rematar la faena como dios manda. Y en medio de todo este pintoresco y casi orgiástico jolgorio, cae el telón.
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