Juan Ignacio María Nepomuceno de las Santísimas Chorras Colgantes era un príncipe etíope que desde su más tierna juventud decidió explorar su sexualidad sin prejuicios ni tapujos (ni taparrabos, ya de paso), y pronto descubrió que él lo que quería era ser sumisa transgénero. Como lo de la operación de reasignación sexual en la antigüedad era un tanto gore, acabó conformándose con ser travesti, pero lo de la sumisión era algo irrenunciable para él. Bueno, para ella. Claro, la corte Etíope no es que fuera el entorno más abierto que digamos para que un príncipe se convirtiera en esclava y anduviera todo el día de rodillas, así que aprovechó que su país estaba en guerra con Egipto, se cambió de nombre, se pintó la raya del ojo, se hizo la capturada y se plantó en la capital del Nilo dispuesta a vivir una vida de esclavitud y entrega, llena de torturas y humillaciones, porque había leído en el número de febrero de "Sumisas de la Antigüedad" que en Egipto se llevaba el sadismo más extremo con los esclavos. Su sueño era que un fornido capitán de la guardia la comprase en el mercado y la utilizase para todo tipo de perversiones, a cuál más humillante y dolorosa.
Pero resulta que, una vez llegada a Egipto, Aída, que es el nombre de guerra que ha elegido para su nueva vida, no es adquirida por ningún fornido capitán de la guardia, sino que es entregada a Amneris, la princesa egipcia. Aída al principio no se siente muy decepcionada, pues Amneris puede pasar sin problema por capitán de la guardia, aunque uno no especialmente apuesto. Pero el disgusto de la chica no tiene límites cuando se entera que lo de la crueldad extrema con los esclavos está completamente out, y que la tendencia es tratarlos como hermanos en plan buen rollito y como nuevo milenio. Y como una hermana la acoge Amneris, es decir, como una hija de puta de mucho cuidado, pero con muchos abrazos y muchos melindres, con lo que Aída se sube por las paredes, porque para esto no deja una su patria ni se pinta la raya ni nada de nada, la verdad. Lo único que la alegra es la presencia de Radamés, que es el fornido capitán de la guardia a cuyos pies le hubiera gustado estar postrada las veinticuatro horas del día. Radamés le pone ojitos a Aída, Aída le pone ojitos a Radamés, y Amneris se pone de los nervios porque ve los ojitos que se ponen uno y otra, y porque a ella, que también le pone ojitos a Radamés, no le pone ojitos ni la estatua de Osiris por muy de perfil que se ponga.
En estas están todos cuando llegan noticias de que los etíopes han invadido suelo egipcio y que avanzan, sanguinarios, hacia la capital. Se reúne toda la corte y designan, cómo no, a Radamés como general del ejército que se enfrentará al enemigo. Toda la corte le anima, y le dice que "Ritorne vincitor", y Aída se une al coro, porque resulta que en dialecto etíope "Ritorna Vincitor" quiere decir "Vuelve pronto y trae una pizza pepperoni con doble de queso", así que la moza se queda tan ancha hasta que se da cuenta de que lo que ha hecho es desear que Radamés derrote a su padre, pero dado que su padre era un homófobo de tomo y lomo y más malo que la tos, tampoco es que el arrepentimiento le dure mucho. Luego hay una escena monísima en el templo de Ptah, en el que Radamés reza con muchísimo fervor para ganar el favor de los dioses en la batalla. Vamos, que es una escena monísima en la que no pasa nada de nada.
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