domingo, 22 de junio de 2014

Turandot - Acto I

Estamos en Pekín en el año Kat-ah-pung. Sabemos que estamos en tan remota fecha porque todo el mundo dice "Pekín" y no "Beijing", que solo lo dicen las modernas radicales de izquierdas, y qué van a pintar esas en la ópera, que es una cosa como muy de derechas de toda la vida. En fin, que estamos en Pekín, y porque no debía haber libre un sitio más lejos, porque el Japón ya lo tenía pillado la Chochosan, que si no, allí estaríamos. Y en la plaza de Pekín está congregada la Coral Pekinense, que hace de pueblo de Pekín, porque un mandarín imperial les va a hacer un anuncio (Io vengo a dar a ustedes una notizia). El anuncio es ni más ni menos el último capricho de la princesa, que ha decidido que le sale del kimoño casarse únicamente con un príncipe que le conteste a tres acertijos, y que si no se los contesta, lo mata y se queda tan oreada. El pueblo se divide en tres corrientes de opinión: los que piensan que tal vez la princesa debería replantearse su estrategia a la hora de atraer pretendientes (Principessa solterissima per sempre), los que opinan que la princesa está como un cencerro (Principessa stupidissima per sempre), y los que opinan que a buenas horas dejan ellos los rollitos de primavera a medio freír si saben que el anuncio es semejante majadería (Principessa mellapella per sempre). La división se convierte en consenso cuando se hace el siguiente anuncio: el Príncipe de Persia ha fallado cuando estaba en el último nivel y va a ser ejecutado, por listo. A la ejecución acude toda la Coral, que son ciento y la madre, y además les han dado dos invitaciones a cada uno, con lo que en el escenario hay más gente que en El Corte Inglés el primer día de rebajas. 

Justo en ese momento llega a Pekín un viejo ciego acompañado de una bella esclava que le guía y le sirve. El anciano, con todo el trajín que hay en la plaza, se cae al suelo, e inmediatamente un desconocido le regala flores siguiendo un impulso irrefrenable. Y es que resulta que el desconocido es su hijo. Ya ven que todo lo que pasa hasta ahora en esta ópera es de lo más normal y cotidiano, vamos. Llegar a Pekín, que no es precisamente Botorrita, caerte al suelo y que te recoja tu hijo al que hace años que no ves porque eres ciego, pero vamos, que aunque no fueras ciego llevas años sin verle, pues todo es de lo más cotidiano y verista que se puede uno imaginar. Yo, sin ir más lejos, constantemente recojo a ciegos del suelo y todos son mi padre. Y lo mejor es que, encima, el viejo no es un viejo cualquiera, sino el rey de los tártaros, que está en el exilio ayudado únicamente por la esclava Liù, con lo que el desconocido resulta ser, en efecto, el príncipe de los tártaros. Todo también muy normal, en resumen. 

En ese momento aparece el verdugo real, que se llama, agárrense, Pu-Tin-Pao. Hay un momento de caos, porque el verdugo se llama casi igual que la especialidad culinaria local, la lengua de alondra milenaria a la Pun-Ti-Pao, con lo que la multitud piensa que les van a servir un banquete y se las prometen todos muy felices, hasta que resulta que de banquete nada, que lo que pasa es que van a ajusticiar al Príncipe de Persia. Todos comentan cuánta sangre se derrama en el reino, hasta que aparece el Príncipe en cuestión, y resulta que es un chico de lo más aprovechable, con lo que los cánticos del pueblo se llenan de compasión por el condenado (Questo ragazzo mi da morbazzo / Questo principesso sta come un quesso). 

Todos critican por lo bajo la sed de sangre de la princesa, incluso el príncipe de nombre desconocido, pero de pronto, aparece ella, la princesa, Turandot, que, sin despeinarse (porque le han puesto laca como para fijar el propio tejido espacio-tiempo), da la orden de que se proceda a la ejecución con un gesto frío, inmisericorde y desdeñoso, como muy de portada de Vogue. Ni que decir tiene que el príncipe sin nombre, que al fin y al cabo es un tenor, con lo que no podemos esperar de él precisamente grandes alardes de inteligencia, queda absolutamente maravillado, epatado y enamorado de la cruel princesa, y todo su afán es presentarse él mismo a la prueba para intentar desposarla (Principessa dabuten, Principessa per uno servitore!). Ni las súplicas de su anciano padre ni de Liù, que la pobre es tan, pero tan buena que dan ganas de untarla en pan y comerla de merienda en el té de las cinco, consiguen hacerle desistir.


El príncipe sin nombre se dirige, pues, al gran gong que debe golpear tres veces para inscribirse en la prueba, que también habían podido poner el típico formulario y no dar la matraca con el gong dichoso, cuando aparecen tres ministros del emperador, que, créanlo o no, se llaman Ping, Pang y Pong. Ellos también intentan convencer al príncipe de que va hacia una muerte segura y tal, y le dicen que para qué quiere él a la Principessa, que es mucha Principessa para él, que se busque una buena chica, mona y hacendosa, que le tenga la casa bien, e incluso Liù, para no ser más que una esclava, se extralimita en sus funciones y suplica al príncipe que no se arriesgue y que desista de sus intenciones (Non metterti in camicie di undici vare). Pero él como si nada, no quiere más que a su Turandot y a su Turandot, los manda a todos a escaparrar, y se dirige, con paso solemne, hacia el gong gigante que sellará su destino.

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