viernes, 20 de junio de 2014

Aída - Acto IV

Puedes leer el Acto I de Aida pulsando aquí.
Puedes leer el Acto II de Aida pulsando aquí
Puedes leer el Acto III de Aida pulsando aquí.

Amneris está chinchadísima porque su rival ha escapado. Nadie sabe dónde está Aída, así que todos suponen que está en Etiopía reinando como una posesa, y nadie lo entiende, porque Etiopía es el país más aburrido del mundo y nadie en su sano juicio querría vivir allí, pero de momento en Egipto tienen sus propios problemas. El descontrol reina en el imperio, ha habido una serie de plagas a cual más desagradable, y el pueblo, indignado por la inacción de los faraones y los sacerdotes, ha caído en masa en el hipsterismo, dejándose crecer barbas absurdas y escuchando músicas aborrecibles a todas las horas del día. Menos mal que llega una nueva plaga, esta vez de langostas, se ponen todos hasta las trancas, se intoxican por la mayonesa, que estaba en mal estado, se les pasa la tontería y vuelven todos a ponerse de perfil como si nada. Todo esto no sale en la ópera, pero es un contexto que siempre conviene saber para conocer las motivaciones ocultas de los personajes. 

En fin, que Amneris sufre como una camella porque se imagina el final que va a tener su amado Radamés, al que van a juzgar en el templo de la justicia. Amneris no es tonta y confía en la justicia menos que en los cosméticos de los chinos, por no pensar siquiera en los juicios paralelos en los papiros del corazón, así que pide entrevistarse con el deshonrado general para intentar convencerle de que contrate a un buen abogado, ya tiene un par de nombres pensados, para que el proceso se vaya dilatando y todo acabe en nada mediante estratagemas legales, e incluso le propone montar una teoría de la conspiración y decir que todo ha sido obra de la plataforma de sumisas travestis, a las que que todo el mundo detesta, y seguro que saldría libre si les echa la culpa de todo. Pero Radamés, erre que erre con su honradez a toda costa, y más al enterarse de que Aída sigue con vida y convencerse de que nunca la volverá a ver: lo que lo único que desea es morir, mira que nos cae bien la criatura con tantísimo amor del bueno, pero llega a ponerse un poco cansino, la verdad.

Comienza el juicio, y Amneris lo sigue desde fuera de la sala. Le han instalado una megapantalla de plasma para que lo vea con toda comodidad, pero al final faltaba un enchufe, el que tenía la llave no ha venido, y la princesa se tiene que contentar con escuchar en la lejanía las voces de los sacerdotes y de su amado, que empiezan fatal, la verdad, con una disputa tontísima sobre cuál es el perfil bueno del presidente del tribunal. Amneris tiene una cierta esperanza porque sabe que los sacerdotes han seguido hace poco un cursillo sobre "Nuevas formas de clemencia en los casos de traición involuntaria en las culturas de la antigüedad preclásica", pero lo que la princesa ignora es que el curso fue un timo, que a los sacerdotes les dieron el diploma sin hacer nada, y que se pasaron el rato en un cabaret de baja estofa, y que la clemencia no la conocen ni por el nombre. Total, que Radamés se niega a defenderse, y los sacerdotes le condenan a morir en un sandwich mixto de queso y jamón. Por supuesto, se trata todo de un error: el escriba se ha hecho un lío con los jeroglíficos, y ha puesto lo del sandwich a oír que Radamés va a morir emparedado, que es lo que ha dicho el tribunal. Amneris, que casi está empezando a caernos bien, se pone como una fiera, y grita que los sacerdotes son una panda de mentecatos sedientos de sangre. Los sacerdotes, que la oyen, se sienten ofendidísimos y se declaran en huelga de penes caídos. Nadie nota la diferencia. Ni ellos. 



Radamés es conducido al subterráneo del templo entre el cachondeo de la guardia, que no deja de hacer chistes sobre si ponerle unas rodajas de tomate y un poco de mayonesa, porque lo de la confusión del sandwich se sabe ya en todo el imperio, y de esa manera tan alegre lo encierran en una oscura bóveda donde van a proceder a emparedarlo. Radamés está entusiasmado, a punto de cantar el adiós a la vida, hasta que oye un suspiro y se da cuenta de que está en la ópera que no es. El suspiro procede de una figura que se oculta entre las sombras y no es otra que Aída, que cuando se calmó la confusión le dijo a su padre que no volvía a Etiopía ni harta de vino, y que prefería quedarse en Egipto para seguir su destino al lado de su hombre. Así que, imaginándose el desenlace del juicio, se ha colado en la bóveda para morir al lado de su amor. El momento en que los guardias colocan la última piedra que los sepulta es el que Aída elige para contarle por fin a Radamés su pequeño secreto, y como la chica, por muy príncipe etíope que haya nacido, es un poco burra, lo piensa hacer a lo basto, pero no hace falta, porque con la emoción y el dramatismo de la escena, Radamés la abraza muy fuerte y de pronto nota algo que no le cuadra. Aída se lo explica todo en plan amoroso, pero Radamés no se muestra demasiado receptivo, y le dice a la chica que también podía habérselo contado antes, que a lo mejor, solo a lo mejor, hubiera tomado alguna decisión ligeramente distinta y no se encontraría ahora emparedado con una amada que está más armada que él mismo, que es lo que peor lleva, en el fondo. Al final hacen las paces, aunque Aída sospecha, por el extraño ángulo con que la abraza el fornido general, que su entusiasmo por la nueva situación no es demasiado grande. Ella muere entre sus brazos, y en el piso de arriba vemos a Amneris, desesperada de la vida, rezándole a Isis porque Radamés pueda descansar en paz, ignorante de la peculiar situación en la que se halla su amado, emparedado con su gran amor, la hermosa princesa sumisa travesti que llegó de Etiopía para buscar su destino a la sombra de las pirámides. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deja tu comentario