domingo, 22 de junio de 2014

Parsifal - Acto III

Volvemos a Montsalvat, pero ha pasado un montón de tiempo, y rápidamente vemos que todo está aún mucho más mugriento y cochambroso que en el primer acto, que ya es decir. Gurnemanz (Gumersindo Manríquez) aparece envejecido, porque insiste en su rutina cosmética con productos de bajo coste, y parece que tenga tres o cuatro años más de los que tiene. El anciano montsito oye unos gemidos y descubre a Kundry (Cunegunda, la Dry Martini) inconsciente detrás de la máquina de refrescos. Consigue revivirla haciéndole unas aspersiones con la manguera con la que limpian las duchas, pero ella solo es capaz de pronunciar una palabra en todo el acto: "servir", en la esperanza de que le sirvan un gintonic, pero menudas están las cosas en Montsalvat para sofisticaciones alcohólicas, llevan un montón de tiempo sin poder comprar bayas de enebro ni cardamomo, y en esas condiciones se han prohibido los gintonics, y los demás combinados se consideran casposos y de pésimo gusto, así que están fuera de cuestión. 

En éstas andan cuando en la puerta del gimnasio se recorta la figura de un desconocido, vestido completamente de negro, con una capucha que le tapa casi la cara, y que porta una lanza. Está claro que es Parsifal, pero va como de incógnito, así que vamos a respetárselo, que no nos cuesta nada. Gurnemanz se acerca en plan perfecto anfitrión, le pregunta quién es, y el de negro ni le contesta. "Empezamos bien", se dice Gurnemanz, pero, inasequible al desaliento, le dice al desconocido que hoy es un día muy especial, el KalimochoTag, conmemoración de la famosa ocasión etc., en que toda la naturaleza se renueva y tal. El desconocido lanza una mirada a su alrededor, como dando a entender que nombrar la naturaleza en semejante antro le parece un recurso más bien cómico, pero Gurnemanz decide pasar por alto el gesto, y le dice al chico que en un día tan sagrado no está permitido llevar armas. En ese momento el de negro deja su arma y se quita la capucha, pero Gurnemanz sigue sin reconocerlo porque se ha pasado tanto con la depilación de las cejas que no le conocería ni su madre. A Parsifal le da no sé qué, después de haber hecho una entrada tan cool y tan misteriosa,  tener que empezar a dar gritos diciendo que es el de la hamburguesa, así menos mal que Gurnemanz acaba por reconocerlo cuando se da cuenta de que la lanza que porta es el superespadón de Amfortas y le da por sumar dos y dos. Y lo primero que le pregunta es cómo ha llegado hasta allí, si todo el mundo sabe que arrastraba la maldición precisamente de nunca encontrar el camino a Montsalvat. Parsifal le responde que, efectivamente, la maldición le estuvo dando la lata mucho tiempo, pero que se libró de ella gracias al psicoanálisis, que ahora es muy feliz y está preparado para empezar una nueva vida como rey de Montsalvat, así en plan humilde. 

Inmediatamente añade que su mayor deseo es ir junto a Amfortas para curarle su herida, pero en vez de hacerlo se queda de palique con Gurnemanz contándole sus aventuras, en las que ha pasado innumerables peligros y adversidades, pero que las ha superado todas, y sin usar la lanza, para conseguir su objetivo final de volver para sanar a Amfortas, y hasta en el gallinero están ya desplegando pancartas con el texto "VETE A VER A AMFORTAS DE UNA VEZ, CANSADO". Pero el caso es que es ahora Gurnemanz el que coge el turno de palabra y le cuenta que la decadencia campa a sus anchas en el gimnasio, que Titurel se ha muerto de aburrimiento y que Amfortas no ha vuelto a celebrar la ceremonia del calimocho, con lo que los montsitos, al no recibir el alimento espiritual que les da fuerzas, están tristes y cariacontecidos, que ha habido deserciones, chicos que se han pasado a gimnasios en los que no corren peligro de cogerse una infección en el vestuario, y que todo el legado de Titurel (Tito Rebollo López) corre el peligro de desaparecer. Parsifal se lamenta durante otro cuarto de hora de que todo es culpa suya por no haber venido antes, y cuando ya parece que Parsifal por fin se decide a ir a ver a Amfortas, Gurnemanz le dice que no puede ir así, hecho un cuadro, y que tiene que adecentarse un poco, pero como lo de la higiene en Montsalvat ya hemos dicho que es un tema cuando menos, curioso, solo quiere ungirle un poco con agua. Kundry, que es de otra manera, saca su maletín de distribuidora Avón y le lava los pies con un aceite esencial de bergamota y mango que es un escándalo. Luego le da por secarle los pies con sus cabellos, lo que le recuerda a Parsifal ciertas perturbadoras imágenes vistas en una revista que encontró casualmente en una de sus aventuras, pero decide guardar estas cosas en su corazón y callar. Eso sí, por tener un detalle con la desventurada, decide absolverla de todas sus culpas, y para eso le entrega un carnet de socio del Betis, con lo que todo su oscuro historial queda lavado. La pobrecilla llora como una magdalena, porque ella esperaba que Parsifal la hiciera su consorte y reinar sobre los montsitos con un traje ideal, pero como no dice nada, nadie se entera y los otros piensan que es la emoción la que anega sus ojos en lágrimas. 

Resueltas ya todas estas cuestiones no queda más que dirigirse a ver a Amfortas, pero, oh, sorpresa, aún tendremos que esperar un poco, porque Gurnemanz (Gumersindo Manríquez) se lanza a cantar las alabanzas del día sagrado, los famosos encantamientos del día del calimocho, con lo que Amfortas tiene que retorcerse de dolor otro cuarto de hora, que total, ya que lleva sufriendo una eternidad, qué son unos minutillos de más o de menos. Por fin, tras los dichosos encantamientos, los tres se dirigen hacia la sala principal del gimnasio, eso sí, andando despacísimo, no sea que les vaya a dar un padentro por apresurarse un poco.


Llegamos, pues, a la sala principal, y allí acaban de llegar los montsitos que quedan trayendo el féretro con el cuerpo de Titurel, lo que no deja de tener su guasa, porque se han empeñado en conservarlo en el propio gimnasio, y dado que el aire acondicionado se estropeó tres días después del Big Bang, pues la conservación, lo que se dice la conservación, no es que haya sido muy efectiva. También traen a Amfortas, que, como de costumbre, sufre como un perro por la herida y los remordimientos, la verdad es que tiene a todo el gimnasio aburrido, pero como es el encargado de oficiar la ceremonia del calimocho en el Santísimo Recopón Bendito, pues se lo aguantan. Pero el caso es que, como ya sabemos, no la quiere celebrar porque aún sufre más, vamos, nada nuevo. Les pide a los montsitos que le den la muerte para hallar así curación y perdón, pero todos se horrorizan ante tan impía petición. En ese momento, por fin, Parsifal se adelanta, y dice que solo hay un arma capaz de curarle, y le roza con el superespadón, que previsoramente había empapado en Betadine y Nolotil, con lo que la curación es inmediata y los dolores cesan como por ensalmo. Parsifal ya es el nuevo celebrante, ordena que se descubra el SRP y que se llene, pero no de calimocho sino de sangría, para demostrar su carácter aperturista y moderno. Kundry, de la impresión, se queda muerta. Una maravillosa luz llena el gimnasio, y del cielo desciende una paloma, seguida de unas cebollas y un paquete de arroz, así que de inmediato resucitan a Kundry para que haga la paella y todos se sientan a disfrutarla, en el más absoluto éxtasis. Parsifal tiene un detalle feo preguntando si nunca han probado el estofado de cisne, pero como todos han tomado ya varias copas de sangría nadie le hace mucho caso, por lo que por fin puede caer, eso sí, muuuuuuuy lentamente, el telón. 

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