Estamos ahora en Klingsor's Castle, el gimnasio rival que el malvado Klingsor (Críspulo Sorromostro) montó para hacer la competencia a Montsalvat. Y lo primero que escuchamos es al mismísimo Críspulo dando unos berridos capaces de despertar a un muerto. De hecho, eso es lo que está intentando hacer: despertar a Kundry (Cunegunda, la Dry Martini), que está arrebujada en el coqueto sofá del vestíbulo durmiendo una mona de campeonato. Resulta que la muchacha lleva una doble vida: cuando está en Montsalvat intenta ayudar a los montsitos y de paso bebe como una esponja, y cuando está en Klingsor's Castle está al servicio de Klingsor y de paso bebe más que Sue Ellen los viernes. Total, que Klingsor tiene que emplearse a fondo para despertar a la criaturita, y la llama de todo menos soprano, claro. Le grita que es más mala que el sebo, le dice que es la encarnación universal de la maldad, pero la otra, como quien oye llover, y cuando por fin abre el ojo, encima se cachondea del pobre Críspulo, burlándose del lamentable estado de sus genitales. El malvadísimo Klingsor se harta de tonterías y le recuerda que está en su poder, porque él es el único que ha conseguido sobornar al distribuidor de Larios para que le suministre en cantidades suficientes el elixir que la pobre desventurada consume como quien bebe agua del grifo.
Klingsor ve cómo el joven de la hamburguesa del primer acto se aproxima a su gimnasio y envía a sus mejores gimnastas para luchar con él. Pero no tienen nada que hacer, porque en Klingsor's Castle los chicos son unas musculocas y lo único que saben es posar delante del espejo luciendo calzoncillos, pero cuando llega el momento de usarlos (los músculos, no los calzoncillos), les vence hasta el más tierno gatito. Total, que el mozo se deshace de ellos sin despeinarse, y se dirige a la zona de las muchachonis flor. Klingsor ordena a Kundry que vaya y le seduzca al instante, pero la chica ya ha tomado la iniciativa y se dirige al encuentro del maromo. Llega en efecto el muchacho tras haberse librado de los chicos de Klingsor con un soplido, y se encuentra de pronto en la sala de las muchachonis, que al principio están indignadas porque les han espantado a los novios, pero pronto se les olvida la pena y establecen una competición entre ellas, bueno, otra, porque la del premio a la que lleve más alta la goma del tanga ya es una cosa tradicional y de interés turístico. La competición consiste, obviamente en ver cuál de ellas consigue llevarse antes al guapo mozo al almacén para retozar sobre alguna de las colchonetas ultratech que allí se amontonan. El joven parece que duda, que no se decide, que se asusta, que se resiste, y cuando las muchachonis empiezan a estar hasta el salvaslip de sus chorradas, irrumpe Kundry gritando como una enloquecida, y el chico reacciona: él entiende: ¡Parsifal!, y recuerda que ése es el nombre con el que su madre le llamaba cuando era pequeño. En realidad, lo que viene gritando Kundry es ¡Pan sin sal!, para recordarse a sí misma que debe perseverar en la dieta baja en sodio que ha emprendido, y también porque el muchacho le parece un desustanciado de muchísimo cuidado, con lo que mata dos pájaros de un grito.
El caso es que Parsifal, al que por fin hemos puesto nombre, pregunta a Kundry (Cunegunda, la Dry Martini) cómo es que ella lo conoce, y ella le viene a decir que ya se lo contó en el primer acto, y que si no le escuchó no es problema suyo, pero al final, como se da cuenta de que el chiquillo no es que sea un prodigio de inteligencia, se lo explica todo otra vez, la muerte de su madre y todo. Parsifal se siente culpable por su muerte, y Kundry aprovecha para entrarle a saco, diciéndole que con un besito de nada ella le ayudará a comprender el amor de su madre, menuda lagarta la Kundry, y empieza a desabrocharse la túnica con sugerente ademán. Cuando lo hace, Parsifal tiene una revelación: recuerda la profecía del necio puro sabio por compasión, y se da cuenta de que lo han estado entendiendo mal todo el tiempo, y que lo que dice la profecía no es "sabio por compasión", sino "sabio por compresión", así que le quita la faja pantalón a Kundry, que se emociona pensando que va a conseguir su objetivo, pero se desilusiona al ver que Parsifal lo que hace es ponérsela él, con lo que empieza a sospechar que a lo mejor el héroe padece una ligera vaginofobia. El caso es que el chico, en cuanto la faja le comprime, nota cómo la sabiduría le empieza a entrar, así que se la aprieta un poco más, y se hace un poco más sabio, y empieza a gritar: "¡más fuerte, más fuerte!", hasta que la compresión es tal que le falta el aliento y el "¡más fuerte!" se acaba transformando en "¡Amfortas, Amfortas!", porque al chiquillo casi no le sale el aire de la apretura.
Kundry monta en cólera y le dice que mucho compadecerse de Amfortas, pero quién se compadece de ella, que está maldita por toda la eternidad porque un día vio pasar el autobús del Madrid un día que el Barça les acababa de ganar la liga, y se rió. Desde entonces es incapaz de llorar, y solo puede reír, con lo que todo el mundo la toma por loca y está un poco hasta el moño, así que si Parsifal le diera una hora de amor seguro que se redimía, etc. Parsifal le dice que buen intento, pero que no cuela, así que Kundry, enloquecida de furor, le destroza el smartphone, por lo que no podrá consultar google maps y será incapaz de llegar a Montsalvat, además de llamar a Klingsor para que le ayude. Aparece el malvadísimo con el superespadón y se lo lanza a Parsifal, pero se engancha en uno de los fluorescentes del techo, con lo que Parsifal lo coge, y en ese momento llegan unos empleados del ayuntamiento y cierran el gimnasio porque no tenía licencia de apertura, con lo que la aniquilación de Klingsor es total. Parsifal se marcha a intentar encontrar su camino y le dice a Kundry que ya sabe dónde podrá encontrarle.
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