viernes, 20 de junio de 2014

Aída - Acto II

Puedes leer el Acto I de Aida pulsando aquí.

Estamos en los aposentos de Amneris, donde se está celebrando la victoria de Radamés, de lo que se deducen dos cosas: que Radamés ha vencido a los etíopes y que nos hemos ahorrado la escena de la batalla, por lo que el público está encantado. La que no está tan encantada es Amneris, no porque no se alegre de la victoria egipcia, que a ella a patriota no la gana nadie, sino porque no se le cuece el pan hasta que averigüe definitivamente si entre Aída y Radamés hay algo más que caiditas de ojos. Pero mientras soluciona el misterio, se entretiene con cancioncitas y bailes típicos, que siempre hacen mono y crean un ambientazo bárbaro.
De todas formas, decide pasar a la acción, y cuando entra Aída, que estaba en una reunión clandestina de la plataforma de sumisas travestis del antiguo Egipto, organización subversiva creada por ella misma en sus ratos libres, manda salir a todo el mundo para interrogarla sutilmente. Amneris le dice: "Maldita y miserable esclava, confiesa que Radamés te pone loca o te pongo a limpiar las pirámides con un cepillo de dientes". A Aída, del susto, se le caen los trapos con los que se disimula el paquete, y se pasa el resto del acto poniendo posturas extrañísimas para disimular su pequeño secreto, que dicho sea de paso no tiene nada de pequeño, pero en seguida se repone y le responde: "Calla, pobre víctima de la sociedad patriarcal, pasa totalmente de mí y cómprate una segadora para afeitarte el entrecejo, que sé de buena tinta que el estado mayor del ejército ha estado a punto de proponerlo como emplazamiento para su campamento de invierno". La traducción no es literal, claro, pero mantiene bastante fielmente el espíritu de lo que las dos princesas se dicen. Amneris se pone hecha una hidra y jura venganza eterna y terrible y tal, pero de momento tiene que esperar porque resulta que llega Radamés en plan vencedor, y, claro, se arma la marimorena, marchas triunfales, glorias, cánticos. A Amneris le toca desfilar con los elefantes, y empieza a sospechar que todo el mundo la odia, lo que por otra parte es verdad, porque es una borde y una sobrada. Total, que cuando se para un poco el circo que han montado, el rey le dice a Radamés que, como vencedor de los etíopes, puede pedir lo que más desee. Y resulta que lo que más desea Radamés en ese momento es, precisamente, una pizza pepperoni con extra de queso, pero cuando lo dice todos se lo toman como una muestra del sentido del humor del héroe y se ponen otra vez a desfilar y a montar la bulla, y se pasan así tres cuartos de hora, con la pobre Amneris, que empieza a mimetizarse con los elefantes, hasta el parrús de proboscídeos y de triunfos en general. 




Cuando la cosa por fin se calma, el rey vuelve a intervenir y le dice a Radamés que, en premio a su victoria, le concede la mano de Amneris. A Radamés se le eriza todo lo erizable, porque piensa que una cosa es ser un guerrero triunfante y otra es que te obliguen a casarte con una princesa que es un cayo malayo, sobre todo si a ti la que te gusta es una esclava travesti, aunque tú seas tan memo que no te hayas dado cuenta de que no es una mujer biológica. Amneris, claro, se pone como las locas, aunque le cuesta un poco que la dejen salir del recinto de los elefantes para celebrarlo, y Aída casi ni se entera de la movida porque entre los prisioneros etíopes que Radamés ha traído para que formen parte del desfile descubre nada menos que a su padre, el rey etíope Amonasro. Y claro, Amonasro, con ese nombre, no puede ser bueno. Y de hecho, es más malo que el sebo, como se verá, pero de momento se hace el padre amantísimo con Aída, lo que, dado que solía molerla a palos cada vez que se la encontraba vestida de mujer, resulta francamente repugnante. Y también le dice que disimule, que nadie se entere de que es el rey, así que sus intenciones está claro que no son buenas. Radamés, para congraciarse con Aída, ya que lo de desposarla lo ve un poco complicado, consigue, en una maniobra militar que podríamos calificar como un tanto arriesgada, por no decir que es la tontada más grande que haya hecho un militar en la historia de la ópera, que los prisioneros etíopes sean liberados con la promesa de no volver a atacar a Egipto, dejando, eso sí, como rehenes a Aída y Amonasro, con lo que ya todo el ejército vencido se va a ir a su país a inscribirse en cursos de macramé avanzado y no se les va a pasar por la cabeza volver a invadir Egipto nunca en la vida. 

Puedes leer el Acto III de Aida pulsando aquí.
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