Nos encontramos en Montsalvat, un gimnasio situado en un polígono en el extrarradio de una gran ciudad, una gran ciudad como otra cualquiera, con sus conflictos humanos y sus miserias. Y sus macarras, que es básicamente lo que llena el gimnasio, como ya nos podíamos imaginar. Aquí no hay clases de eurostep ni de chochizumba ni de cosas de esas de marujas y amanerados sarasas: es el reino de la testosterona, de la cadena de oro, del slip abanderado y del olor a hombre. Y del chandal blanco, porque además de macarras son místicos, menuda combinación. Visten siempre de blanco más o menos inmaculado, porque tampoco es que sientan lo que se dice pasión por el agua ni por el jabón. Se consideran a sí mismos los depositarios de una sabiduría milenaria porque son los guardianes del Santísimo Recopón Bendito, que es una reproducción enorme del as de copas de la baraja de honor que obtuvieron en propiedad tras haber ganado cuatro años consecutivos el campeonato de tute cabrón de la Asociación de Gimnasios Mugrientos del Extrarradio Marginal. En realidad poseen toda la baraja, pero el As de copas tiene un significado especial, porque les recuerda la mítica francachela que se corrieron tras ganar el torneo, y de hecho, una vez al año, en el aniversario de tan magno acontecimiento lo llenan varias veces de calimocho y caen en un estado de contemplación mística del que tardan días en recuperarse.
Toda esta historia le sirvió a Titurel, que es como se hace llamar Tito Rebollo López, para establecer las bases de tan peculiar orden. Vamos, que son más raros que la calentura, y en todo el polígono tienen una fama de lo más sospechosa, pero lo cierto es que nunca les faltan aspirantes, porque la verdad es que se machacan considerablemente en el gimnasio, con lo que las camisetas les quedan como un guante, y no hay poligonero que no quiera marcar pectorales como los de los chicos del Montsalvat. Y sobre todos ellos ejerce su liderazgo el mencionado Titurel (Tito Rebollo López), un visionario que se ha montado en su mugriento gimnasio una secta en toda regla, en la que el músculo es la única religión. Pero no el músculo por el músculo, no se vayan a creer ustedes, no, el Tito era más sofisticado que todo eso. El músculo externo es un puro símbolo de la fortaleza interior, y esa fortaleza interior no puede desperdiciarse en sucios devaneos carnales, de manera que a los chavales que entran en el gimnasio, que básicamente quieren ponerse cachitas para ligarse a las chonis más ofensivas del polígono, poco a poco se les va inculcando la idea ésta de la fuerza interior y de cómo debe ser preservada de la corrupción de la carne, de manera que acaban todos haciendo una especie de voto de castidad en aras de la dichosa fortaleza, con lo que las chonis del polígono están de los Montsalvat Boy's hasta más arriba de las ingles brasileñas y les llaman de todo cuando van desfilando por el polígono en plan guardia pretoriana. Pero ellos, como si nada, sabiendo que todo lo hacen por un fin superior.
Todo esto, como es lógico, no lo sabemos por ciencia infusa, ojalá, sino que nos lo cuenta prácticamente nada más empezar el acto Gurnemanz (Gumersindo Manríquez), que es el lugarteniente de Titurel y de su querido hijo Amfortas (éste sí que es su nombre original, ya ven), que intenta explicar por qué las cosas van tan mal en el gimnasio. Y es que los montsitos está alicaídos y desnortados porque Amfortas, que, como su padre ya está hecho un asquito, es ahora el jefe espiritual del gimnasio y el encargado de custodiar el Santísimo Copón Bendito (SCP a partir de ahora), se niega a realizar la ceremonia del calimocho, y resulta que es de su celebración de la que los chicos obtienen la fuerza interior para seguir adelante con su misión, no me digan que no están trastornados los pobres. El propio Titurel reclama a su hijo que descubra el SCP porque ya está muy viejo y no está seguro de poder volverlo a contemplar. Pero Amfortas se resiste y se resiste, y es que aquí también hay mucho mar de fondo. Resulta que Amfortas sufre una terrible herida en su costado, una herida causada por la propia arma sagrada que debía custodiar. El arma en cuestión no es otra cosa que otra reproducción a tamaño extragrande de la famosa baraja, en este caso del as de espadas, otro objeto lleno de significado porque les recuerda la mítica reyerta que tuvieron con el equipo rival tras ganarles el campeonato y antes de sumergirse en la ya mencionada y también mítica francachela. Este superespadón fue el que le causó la herida, herida que no se le cura al muchacho, y sufre horriblemente, y lo que es peor, el descubrir el SCP hace que su tormento empeore, por lo que no quiere descubrirlo, y todos los otros montsitos quieren que lo descubra, y así andan la mar de entretenidos.
Nada más acabar de contarlo todo, aparece una misteriosa mujer, y algunos de los chicos más jóvenes se preguntan qué hace alguien tan poco probable desde el punto de vista biológico en un sitio como Montsalvat. Gurnemanz (Gumersindo Manríquez) tampoco es que sepa mucho, pero les dice que se llama Kundry (Cunegunda, la Dry Martini), que suele rondar por allí y que hay quien dice que es la dueña del local que se ha vuelto majareta porque no cobra una mensualidad desde el año que reinó Carolo. El caso es que la dejan entrar en el santuario de la testosterona porque siempre les ayuda, y de hecho ahora llega con un remedio para Amfortas, un frasco de Eau d'Arabie, que es una cosa que lo cura todo, el problema es que no ha encontrado el Esprit de Parfum, que es más concentrado, y ha tenido que traer la Eau de Toilette, que es lo único que tenían en el Duty Free. Pero es lo que hay, y se lo da a los mozos de guardia para que se lo den a Amfortas, a ver si le alivia.
Así pues resulta que no todo va bien en el paraíso ultramasculino de Montsalvat, porque los montsitos, que es como les llaman en el barrio, tienen un enemigo mortal que no es otro que Klingsor (Críspulo Sorromostro). Gurnemanz (Gumersindo Manríquez) continúa explicando que el tal Klingsor (Críspulo Sorromostro) era un aspirante que quería ser montsito, vamos, inscribirse en el gimnasio y marcar músculo con camisetas ajustadas, pero resulta que cuando le hablaron de lo del voto de castidad no estuvo muy atento y entendió que lo que tenía que hacer era un voto de cantidad, y claro, la idea le entusiasmó, salió corriendo del gimnasio y empezó a tener relaciones sexuales hasta con personajes de otras óperas que pasaban por allí, y claro, acabó pasando lo que tenía que pasar, es decir, que se contagió unas purgaciones absolutamente épicas, y como le daba apuro ir a la médica del seguro, que era una chica jovencita y recién licenciada, se estuvo curando con unos emplastos y una cosa de homeopatía que compró en la farmacia diciendo que era para un amigo, hasta que el tema acabó gangrenándosele y hubo que amputar así, a lo bestia. Klingsor (Críspulo Sorromostro), que en hospital se enteró de su error al entender el sentido del voto que había realizado, en el fondo se quedó encantado, pensando que así solucionaba de golpe el problema de la castidad, pero en Montsalvat se lo tomaron fatal, y Titurel (Tito Rebollo López) dijo que nanay de entrar en el círculo de elegidos, y que se fuera a escaparrar por su innoble comportamiento. Total, que el amputado Klingsor (Críspulo Sorromostro), sediento de venganza, se estableció tres calles más allá abriendo un megagimnasio ultramoderno y superferolítico llamado Klingsor's Castle, con todos los avances tecnológicos al servicio del culto al cuerpo, y no contento con eso, se entregó a las malas artes y se dedicó a distribuir esteroides, anabolizantes y todo tipo de sustancias dopantes para conseguir por medios fraudulentos lo que los Montsitos se empeñaban en obtener mediante el esfuerzo y la pureza. Además, la Asociación de Chonis Despechadas por los Montsitos acudió a matricularse en masa, y visten siempre la más sugerente ropa deportiva intentando seducir a cuanto despistado deportista pasa por los alrededores. Por cierto, que la ropa se la diseña Agatha Ruiz de la Prada, así que a las chicas las conocen ya en el barrio como las muchachonis flor. Y no hace falta ser adivino para imaginarse que en tan lascivo entorno es donde el pobre Amfortas sufrió su herida y perdió el superespadón: se acercó al Klingsor's Castle sin permiso y fue seducido por una mujer de tan arrebatadora belleza como perversas intenciones. Aprovechando su caída, Klingsor le arrebató el superespadón y le hirió con él, y esta es la famosa herida que no le sana, porque solo puede curarle la misma espada que le hirió, y una profecía escrita en la pared del baño de hombres del gimnasio dice que tal hazaña está reservada a un "necio puro, sabio por compasión". Encontrar un necio no sería un problema, bastaría con salir a la calle y preguntar al primer poligonero que pasara, y lo de la pureza también estaría resuelto incluso sin salir a la calle gracias al celibato de los montsitos, pero lo que nadie entiende es lo de la sabiduría por compasión, y así les va a todos.
De pronto se produce un alboroto en los alrededores del gimnasio: prácticamente en la entrada del mismo hay un joven desconocido que se ha sentado en un banco y se está comiendo una hamburguesa doble con queso y salsa barbacoa, una ración de patatas gigantes y un monstruoso vaso de una bebida carbonatada, azucarada y varios participios más, a cuál más repulsivo. Los montsitos, que han declarado una zona de exclusión de cien metros alrededor de la entrada en la que solo se puede consumir pechuga de pollo hervida sin sal, arroz integral y agua mineral, montan en cólera e inmediatamente apresan al intruso y lo llevan al interior del gimnasio, a presencia de Gurnemanz (Gumersindo Manríquez). El veterano gimnasta inmediatamente le pregunta que por qué se está comiendo la dichosa hamburguesa en un lugar tan sagrado como aquél, y el mozo le dice que porque le sale de la pepitilla, vulgarísima respuesta que provoca varios desmayos entre los montsitos menos curtidos en las batallas del mundo. Gurnemanz (Gumersindo Manríquez) le afea su conducta y le habla de las pobres terneritas muertas en la flor de la vida para que él satisfaga sus apetitos, y de la no sostenibilidad del consumo de patatas, de las grasas trans, y consigue que el chico se muestre un tanto arrepentido de sus actos.
Gurnemanz (Gumersindo Martínez), que sigue con la cosa del famoso necio puro, ve que aquí hay tema, y confirma sus sospechas de que la criatura es bastante simple cuando le dice que no sabe quién es su padre (aunque esto en el polígono tampoco es tan raro), ni cómo llegó hasta allí, ni siquiera cómo se llama. Lo único que sabe es que tenía una madre, fíjense que portento de inteligencia, y que se llamaba Herzeleide (Jenara Zenobia Lewobitz), que ya son ganas de llamarse cosas raras.
Menos mal que está Kundry (Cunegunda, la Dry Martini) al quite, que además de mujer misteriosa es más cotilla que la portera de un cura, y les dice que su madre era una viuda venida a menos, y que cuando el nene decidió irse a buscar fortuna se murió, pero no de pena, sino de la rabia que tenía acumulada de toda la vida por tener un nombre tan absurdo. Gurnemanz (Gumersindo Martínez) sospecha que el muchacho pueda ser el necio puro de la profecía y le invita a entrar en la sala en la que se va a celebrar la ceremonia del SCP, a ver si suena la flauta. Y allá que se van, a la sala principal del gimnasio, donde están todos los montsitos sin camiseta haciendo press de banca como locos, y esperando a que llegue Amfortas con el SCP. Amfortas, como siempre, dice que nada de calimocho, que luego le toca a él siempre recoger el destrozo, pero todos le insisten, e incluso Titurel (Tito Rebollo López) le insta a que saque la copa y se deje de gaitas. Por fin accede, todos se ponen hasta las trancas, y el pobre Amfortas sufre como un descosido, sangrando y dando alaridos de dolor en plan peli gore serie B. Gurnemanz (Gumersindo Manríquez) se da cuenta de que el muchacho parece sufrir y compadecerse de Amfortas, pero cuando le pide que le haga una redacción de cuatro folios a doble espacio contando lo que ha visto, el chico es incapaz de poner ni la fecha, así que el anciano caballero le llama de todo y le expulsa del gimnasio, aconsejándole además que se deje de hamburguesas y se dedique a la comida orgánica. Desde lo alto, es decir, desde la megafonía del gimnasio, se oye una voz que repite la profecía: "El necio puro, sabio por compasión".
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